La felicidad en el trabajo

Tenemos la capacidad de percibir cuándo estamos bien. Quizá nos cueste definir el estado, pero sí podemos sentir dentro de nosotros la sensación de bienestar.

Explicar la felicidad ha sido el objetivo de innumerables textos, ensayos y estudios. Sin embargo, las personas estamos capacitadas para sentir el estado por nosotras mismas de una manera sencilla. Nos cuenta definirlo, pero no sentirlo.

La Universidad de Harvard lleva investigando sobre la felicidad 82 años. Es el estudio más largo que se ha hecho sobre el tema. Comenzó en 1938 y el proyecto sigue vivo con unas conclusiones muy claras: lo que verdaderamente nos proporciona felicidad no es el dinero o la fama (aunque entre el 50 y el 80 % de las personas tienden a responder eso). El estudio es concluyente: lo que es clave para nuestra salud mental son las relaciones humanas. Cómo nos relacionamos con los demás. Sentirnos rodeados de gente que nos valora, nos escucha y nos aprecie por cómo somos. Que alguien crea en nosotros y que esté dispuesto a acompañarnos en momentos de dificultad.

Extrapolemos esto al ambiente laboral. Al espacio donde posiblemente pasemos más horas en nuestro día a día. Nuestra empresa, nuestra oficina, nuestro despacho. Sentirnos bien en el trabajo implica todo lo mencionado anteriormente, pero no olvidemos que nosotros somos también parte activa de la felicidad de los demás. Esto funciona en las dos direcciones. Para contribuir a la felicidad de los otros, sea cual sea nuestra posición en el equipo, es necesario valorar, escuchar activamente y no juzgar. Alejarse de las críticas fáciles y de los caminos preestablecidos. Trabajar en equipo puede implicar algunas veces poner de manifiesto cosas que no están funcionando bien. Por eso, es importante aprender a dar (y a recibir, en su caso) feedback y a diferenciarlo de un juicio.

El feedback es una herramienta necesaria para aprender de cada error y tener la oportunidad de mejorar. Sin embargo, un juicio negativo solo bloquea las emociones del que lo recibe y puede generar una pequeña herida en la cuenta emocional de la relación profesional con consecuencias negativas a medio y largo plazo.

Trabajemos para basar nuestro feedback en los hechos y en los datos, pero nunca para criticar, sino para avanzar en el terreno de encontrar una solución. Trabajemos también para que el miedo, una de nuestras emociones más primarias que surge a menudo cuando nuestra autoestima deja de acompañarnos, no empañe nuestra mente. Es decir, hagamos el ejercicio de elegir nuestra manera de estar en el mundo y de relacionarnos con los demás diseñando una actitud que nunca dependa de qué o quién tengamos delante, de cómo nos hablen o de las cosas que nos puedan suceder. Al contrario, nuestra actitud ha de “funcionar” como una respuesta aprendida para gestionar lo que nos ocurre eligiendo comprender, escuchar, ayudar, y manteniendo la ilusión y la determinación.

Dejar que el miedo o que aquello que no nos gusta decida por nosotros es una forma de desestimar las posibilidades que tenemos para crear vínculos personales y profesionales basados en el respeto y el entendimiento y dando valor al trabajo y a las elecciones que hacen nuestros compañeros.

Enlazando con el comienzo de este artículo, son este tipo de relaciones las que proporcionan felicidad, pero además, ayudan a retrasar el deterioro mental y controlan el estrés. Eso, como valor añadido.

Ampliemos un poco más, salgamos de nuestra oficina y vayamos a la calle. El ambiente social que respiramos depende de la actitud de cada persona también. De nuevo, la táctica para que las cosas sean mejores no pasa por ponernos unos en frente de los otros, pasa por crear un tipo de relaciones donde ser diferente pueda ser tomado como un valor para sumar, nunca para confrontar.

Creer en el cambio y aceptar la diferencia es una opción.

Empezar a hacerlo desde hoy, es la elección.

¿No quieres elegir?